Santiago, 31 de Julio de 2010
Los resultados de la encuesta CEP no son favorables para el Presidente Piñera ni su gobierno. Una aprobación que ha descendido a 45% y un nivel de rechazo a la figura presidencial que linda el 30 % en casi cinco meses de gestión son un signo inequívoco que algo no funciona en la actual administración. En los próximos días el gobierno establecerá líneas de corrección que intentarán impedir que los magros resultados de la primera encuesta CEP de su mandato se transformen en tendencia. Sin embargo, las acciones que se implementen pueden estar lejos de impactar en las percepciones ciudadanas, cuestión no improbable si se considera que las fortalezas que el gobierno se auto adjudicaba, como un excelente desempeño económico y cercanía con la gente, son variables particularmente castigadas, como lo refleja la encuesta.
Diversos medios de prensa
han señalado que habrá un énfasis en mostrar los logros y avances del gobierno, apelar a las dificultades de la reconstrucción, resaltar eventuales avances en
materia de seguridad y otros temas menores. En el fondo, profundizar la
política comunicacional; ¿será esto suficiente?. La tentación de centrar el
problema en el plano mediático podría tener sentido desde la perspectiva que
Una lectura posible de la baja del
gobierno es que el barómetro social se ha
sensibilizado a señales cada vez más finas. La desafección política hace
que el elector sea más pragmático y su ubicación o simpatía responda a
cuestiones que le afectan en forma muy directa. La ciudadanía le dio el paso a
Piñera en la última elección castigando a
Pese a lo anterior, la
sintonía del gobierno con la ciudadanía no es fina y tampoco es lineal. La encuesta CEP
muestra que el mayor castigo para el Ejecutivo está en
La cercanía con la gente no se mide en las salidas a terreno que tanto gustan al mandatario. Los contenidos o la falta de ellos son señales que se premian o castigan, según el caso. La agenda del gobierno se ha diluido en un dificultoso y esquivo proceso de instalación que aún no termina de cuajar, como se ha visto con nombramientos abortados como el de Hernán Somerville como embajador en China, el bochorno del retiro de Miguel Otero de la embajada en Argentina, o la forzada renuncia del subsecretario del trabajo, por citar los más recientes. Asimismo, el desperfilamiento del programa de gobierno también se ha adjudicado a las dificultades que dejó tras de sí el terremoto del 27 de febrero, cuestión que el gobierno se dice que destacaría en estos días. Habrá que ver si estas explicaciones contribuyen a volver a encantar a la ciudadanía. A estas alturas para muchos, incluso dentro del propio oficialismo, la pregunta mas bien a punta a si es un problema de agenda o un asunto de estilo. ¿Volverá a convencer la nueva forma de gobernar?, en la medida que se ha ido entrando en el régimen de la actual administración y se asume que hay un creciente empoderamiento, las irresoluciones, titubeos y la falta de densidad política de algunas autoridades se hacen más visibles y se disculpan menos. Pareciera que éste es el costo de la excelencia, o más bien de la oferta de ella, según se mire.
Por estos días, y al calor mismo de los datos publicados por el CEP y otras encuestas, no faltarán análisis que pronosticarán un eventual cambio de gabinete. Aunque la encuesta CEP no toca el punto, otros estudios han mostrado mayor aprobación del gobierno y menos aprobación de la figura presidencial (Adimark situaba en junio la aprobación al presidente en 53% y del gobierno en 57%). Este dato implica que un eventual cambio de ministros vendría a ser como la venta del sofá, podrá valer como un gesto político…pero después, y en lo sustantivo, la pregunta sigue abierta: ¿qué es lo que viene?, la respuesta no está en la encuesta CEP.





